Sin que nadie la ayude
Nadie supo jamás de quien era la culpa. Tantos siglos callada la habían sepultado bajo un océano de palabras, palabras que no eran las suyas. Indiferencia absoluta salpicada de charlas pseudopsicológicas de falsa confianza para intentar averiguar el porqué de esa noexistencia. Ya nada podía encerrarla más que ese anonimato, ni siquiera las cuatro paredes de su cuarto. Sus amigas, por lo menos aquellas que un día lo fueron, la habían dado por perdida, de eso no había duda, ya no podían hacer nada más por ella.
Pero el tiempo de esa cómoda existencia se agotaba. En menos de dos años estaría en un instituto distinto y sabe que las palabras serán la única posibilidad de existir, de volver a recuperar su nombre. No quiere volver a perderse, sabe que es incapaz, pero no quieren que le hablen de ello. Su timidez parece el tema de conversación favorito de su madre y le jode. Le jode tanto que grita, y casi nada en este mundo es capaz de hacerla gritar.
Impulsándose se separa de la mesa, arrastando las patas de la silla por el mármol de la cocina en un sonido estruendoso. Se escabulle rápido de aquel horrible escenario y recorre el pasillo murmurando estupideces, de esas que dice tanto. Su reflejo en el espejo del cuarto de baño la hace detenerse. No está mal. Infantil, eso es todo. Mientras armaba la escena de la cocina se había sentido segura e imponente, sentía cómo sus palabras habían hecho enmudecer a su madre y se había creído capaz, valiente gilipollez, de controlar su mañana, de cambiar.
Pero su imagen, aquella que estaba sintiendo cuando no miraba al espejo, no tenía nada que ver con la que se reflejaba. Aquella niña grande está al borde del llanto.
Entra en su cuarto. Da un portazo. Se tira sobre la cama. Hunde el rostro en la almohada.
No es nadie, pocos serían los que la echasen en falta si desapareciese. Las lágrimas han superado las fronteras y caen a fundirse con la tela de la almohada. No tiene gustos, ni un jodido grupo de música que le guste, ni ir al cine, ni ir de compras, ni la playa, nada. Nada. Nada y nada. Consigue, inexplicablemente, rellenar su tiempo con libros intrascendentes que la aislen de su mundo real y videojuegos que, enganchen o no, siempre es una excusa para tener algo que hacer.
Pero llegará un día en que todo eso quede reducido a escombros, esos frágiles pilares que la sostienen caerán, eso espera. Y entonces podrá comenzar a construir sobre las ruinas a la persona que quiere ser. Será la misma que refleje el espejo.
No habrá mentira. No habrá silencio. No habrá anonimato. No habrá más lágrimas. No más libros de ciencia ficción.
Tendrá una vida que sea definitivamente suya.
Eso es lo que yo espero para ella.

quidiuris dijo
No debería niña... pero me sorprende. Que en medio de la generación de la caspa rosa, la Pleiesteichon y los sms cifrados, exista alguien con 14 años que tenga tantas inquietudes, lea el País y ponga todas las tildes.
Aún queda esperanza.
Un saludo, paisana.
24 Mayo 2006 | 10:15 PM