La furgoneta amarilla aparcó en la acera de enfrente.
La furgoneta amarilla aparcó, con sus esterillas de colores cubriendo las ventanas del maletero.
Carolina estaba sentada en el alféizar de la ventana del segundo piso, con una nalga a cada lado del marco de la ventana, pintándose las uñas de los pies de negro.
La furgoneta amarilla arañó su vista. La deslumbró. En un segundo la vida le dio un vuelco. Ellos estaban allí, habían vuelto. Tantas eran sus ganas de correr a abrazarles que tuvo que desechar con el tiempo justo la idea de tomar el camino más corto (saltar por la ventana). Porque Carolina lo hubiese hecho, hubiese saltado si se le hubiesen garantizado que, como un gato, caería de pie y sin dolor sobre el asfalto.
Saltó, de cualquier modo, contra el suelo del salón y empujó las puertas con los atebrazos con tanta fuerza que al golpearse estas contra la pared hicieron tintinear los cristales. Corrió por el pasillo saltando a Marley, el perro de aguas color chocolate de Ber, y abrió el portón para precipitarse contra los escalones que bajó, casi al borde del suicidio, de tres en tres.
En el estudio Ber supo que la furgoneta amarilla había llegado. No porque hubiese estado sentado en el alfeizar de la ventana pintándose de negro las uñas de los pies, sino porque las puertas del salón se habían abierto de golpe, los cristales habían tintineado, el portón había crujido y Marley había comenzado a ladrar. Que Carolina era una chica que se emocionaba con facilidad era algo que ya sabía, pero nunca fue escandalosa. Por eso lo supo, o blanco o negro, no había otra opción.
Dejó el pincel dentro del vaso de agua. El agua teñida de las sobras de otros trazos, y se encaminó hacia el salón.
Dos pisos abajo Carolina, descalza, se había detenido en medio de la no transitada calzada intentando reprimir la impaciencia que hacía que sus latidos sonasen como un gong. La puerta corredera de la parte de atrás de la furgoneta se abrió y Brandy, el labrador color crema, saltó haciendo mover la cola con entusiasmo.
Desde la ventana del salón se veía la cabeza de Carolina como una mota rubia oscura, a la que otra mota, color crema se iba acercando meneando la cola. Marley llegó y se abalanzó sobre su viejo amigo con ganas. Fue el primer reencuentro físico, podría decirse. Dos perros jugando en medio de la carretera. Dos motas, una color crema y otra color chocolate que volvian a saborearse después de varios meses separadas.
Al fin, Rafa salió del asiento de atrás con su eterna barba de tres días y sus rastas castañas recogidas con una goma; "como un ramo de flores" había dicho una vez Carolina, "como un ramo de espárragos" la había corregido Ber.
Detrás de él bajó Axel, de dieciocho años, con la cabeza rapada. Una de esas cosas que nunca cambian. Cerró la puerta corredera tras él antes de dedicarle una mirada a ella. Era su costumbre, Carolina lo conocía.
Del asiento del conductor se apeó Luci, la novia de Rafa, de padres sudáfricanos. Con unos converse blancos casi sin atar, un pantalón vaquero cortado de forma "casera" y un pareo blanco atado a modo de camiseta que dejaba al descubierto los tirantes de un biquini celeste que se ataban tras su cuello.
Carolina los observó con una de sus sonrisas. Con una sonrisa de quien ama desmesuradamente. Ella todo lo hace así, parece que carece de topes, todo cuanto siente no lleva límites. Y Ber teme que algún día esa manera de sentir y de amar le haga pasar malos momentos, pero no la protege, no es su padre, sólo le enseña y el día que eso ocurra la cuidará.
"Carolina no tiene edad para amar", le cantó una vez Axel. Una noche que estaban los dos a solas sentados en la orilla de su cala. Tras ellos, a pocos metros, sus tablas de surf hincadas en arena portuguesa. Ella lo miró enigmática, con o sin edad para hacerlo, le amaba.
Ahora, tras varios meses de espera sin una fecha exacta, el resto de los bohemios habían llegado. Su otra familia. Una familia sin padre, ni madre, ni tíos como cualquier otra tradicionalmente aburrida familia.
Y no es que Carolina no tuviese ya una familia de verdad, sí que la tenía. Pero huía de ella. Cualquiera que no conociese a Carolina le podría echar en cara que estaba siendo egoísta, que había muchas personas en el mundo de su edad que desearían tener una familia como de la que ella huye, le podría sugerir que les diese una oportunidad. Pero si conociesen a Mamá, tan aterrorizada ante la idea de que su hija de casi diéciseis años se esté volviendo medio hippie, tan ofendida de que pase tanto tiempo junto a Ber en vez de con ellos; a Papá, cuya principal preocupación es dejar claro lo inteligente que él cree que es y que ni si quiera se da cuenta de que su hija huye de ellos; a Patri, que atruena la casa a ritmo de reggaeton, que empapela su cuarto de niñatos con cara de pan de peso y que va todos los días a Vodafone a recargar su tarjeta; entonces también saldrían corriendo junto a Carolina por la escalera de incendios.
Horas más tarde, sobre las diez y media de la noche, toda la familia carente de lazos biológicos cena pizza en el salón de la casa de Ber. Brandy y Marley están tirados por allí como felpudos, uno crema y otro chocolate. Rafa está sentado en el alféizar, Ber y Luci, en el sofá y Axel tirado en el suelo con la cabeza de Carolina sobre los marcados abdominales. Ella suspira. De nuevo todos juntos. Echaba tanto de menos un lugar donde no escuchar lo de siempre, donde no cansarse, donde no estar sola... La mano de Axel aterriza sobre su rostro y le acaricia la mejilla.
No, no está sola, los tiene a ellos.

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