La Coctelera

Hanikka

"El Arca de Noé fue construida por aficionados; el Titanic, por profesionales"

15 Agosto 2006

La Hoja Seca

Los días que siguieron a la muerte de Adina se arrastraron lentos sobre las baldosas de la casa. La atmósfera era diferente. Como si en la antes bulliciosa mansión alguien con una autoridad apabullante hubiese dicho Schhh y todo el mundo le hubiese obedecido. Alguien que fuese capaz de dejarte en el escalón de la entrada cerrando tras de ti la verja con rabia y que ya no pudieses entrar. Y aunque ese alguien no existía todos los inquilinos habían decidido que ese era el momento de cerrar la boca. La boca que días antes no eran capaces de cerrar ni aunque se la taponasen con cemento. Aquel era el momento de que tan sólo el silencio montase su particular escándalo. Las palabras y hasta los suspiros habían desaparecido de La Hoja Seca como barridas por la escoba de Pedro. Además, todos parecían haber escogido un lugar, un rincón para hablar con unas determinadas paredes de la casa.
Edgar había preferido la huardilla. Allí escribía, simplemente escribía, todas las frases sin sentido, desperdigadas y sin orden que surcaban su mente al mirar por el ventanuco la vacía calzada de adoquines. Pensaba en que ni Adolfo, el imponente pastor alemán de Noelia, se atrevía a ladrar cuando alguno de los contados coches pasaban frente a la fachada de La Hoja Seca.
Un espectro había llegado, no había duda, y los había amordazado a todos, hasta al perro. Un espectro había llegado y se paseaba todas las noches por el bordillo de la piscina donde Adina había caído sin remedio tras recibir una pedrada en la cabeza. La piedra seguía al fondo de la piscina de azulejos celestes mientras Edgar escribía, días después de la muerte de Adina, sus frases sin orden sentido y finalidad. Pero aquel pedrusco no sólo estaba allí dónde su forma se materializaba al fondo de la piscina en la cual Mónica ya no tomaba el sol, estaba al fondo del alma de cada inquilino y, tal vez en alguno de ellos, esa piedra seguiría estando durante varias décadas.

Ya nadie podía pensar en la inminente boda de Paco con aquella abogada valenciana, motivo por el que todos habían terminado alojados en La Hoja Seca, ahora había que recluirse.

Noelia, la viuda dueña de la casa, y Pedro, el eterno amo de llaves, eran como apariciones a las que era mejor no molestar bajo la culpabilidad de haber traido el crimen a su morada en sus maletas de LoTrec. En cambio los demás se limitaban a lanzarse miradas de desconfianza unos a otros; nadie había sido, Adina Düring se había suicidado lanzándose a la nuca una piedra de medio kilo desde el segundo piso.
Mónica era la que peor lo tenía para sobrevivir. Tenía que privarse de sus baños matutinos en la ahora escena del crimen, no podía llamar a un taxi para realizar sus habituales visitas al centro comercial y no digamos ya el descaro que significaría que se presentase rodeada de bolsas de Dolce & Gabanna. Así que se pasaba el día sentada sobre su cama cambiando el color de su laca de uñas.
El cambio más llamativo en la actitud de Borja fue que se calló, y aunque todo el mundo permanecía en silencio, en él era un hecho insólito. Su maravillosa vida en Tarifa había desaparecido de pronto tras la muerte de su prima alemana y no se regodeaba de los lujos de su pija vida. Ahora se sentaba en el desvencijado sillón de orejas del salón y gastaba ahí horas y horas que resbalaban sobre su pelo engominado tal chupetón de vaca.
Edgar se limitaba a escribir frases inútiles en la huardilla y Sandra... Sandra había desaparecido. No salía de su cuarto. Nunca la veían. Sólo Edgar escuchaba los pasos descalzos de madrugada de la joven, que iba en busca de comida. Sabía que era ella porque los zapatos de Mónica hacían ruido y los de borja dejaban marca en el suelo, pero Sandra iba a todos lados descalza, sí, claro que era ella. Ella había sido la única que había sentido la muerte de Adina, la única que se llevaba algo bien con la impertinente mujer fallecida.
Adina era sencillamente inaguantable. Miraba con desprecio a todos, provocaba conversaciones para poder reírse en la cara de su oyente y siempre se quejaba de todo. Ninguno podía con ella. Vivir con Adina era vivir con una astilla clavada en el pie que te molestaba cada vez que dabas un paso, y no podías ir a ningún lado sin saber que estaba allí, repasándote mentalmente con una sonrisa maliciosa. Todos los demás huéspedes pensaban que sería una bendición que Adina desapareciese de ahí y los dejase tranquilos con sus propias disputas y envidias, envidias familiares y cercanas, y todos desearon acabar con ella en algún momento para tranquilidad de la casa. Pero comprobaron que se equivocaban después de que uno de ellos llevase la idea a la práctica...

Tags: seca, hoja

servido por hanikka15 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

laura

laura dijo

Uhmmm, me ha encantado! vas a ser una genial novelista. Kien mató a la insoportable Adina? ya me veía yo dentro de la historia buscando culpables y creo que es Monica o la chica descalza... y nos dirás! un besazo

15 Agosto 2006 | 09:05 PM

amy

amy dijo

Uy..esta frase me encanta..."Vivir con Adina era vivir con una astilla clavada en el pie que te molestaba cada vez que dabas un paso, ..." mira que hay Adinas sueltas por el mundo...

Un saludo guapa...

15 Agosto 2006 | 10:10 PM

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Sobre mí

Cádiz, "Little less 16 candles", Paso a primero de bachiller. Punk, indie y jazz (por ese orden). A veces contradictoria, otras simplemente una extraña.l.. Me gusta escribir de modo inversamente proporcional a lo que me gustan las Matemáticas. También me encanta leer (siempre que el libro me guste, claro), ir al cine (menos comedias americanas estilo fondoblancoletrasrojas) e ir de compras (noone is perfect). Panic! at the disco, Green day, MCR, fall out boy, arctic monkeys, nirvana, samshing pumpkins y un largo eccétera (menos rock español y tokio hotel). Escribo aquí porque para mí es el rincón donde puedo desahogarme y contar todo lo que no puedo decir fuera de aquí. Espero que os guste mi blog.

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