La Hoja Seca (Cap. II)
En los días previos a la muerte de Adina el escándalo era insoportable dentro de la mansión antes casi vacía. Tan insoportable que Edgar no podía escribir tranquilo la novela que hacía dos meses había empezado a escribir.
Hacía una semana que los nuevos inquilinos habían comenzado a llegar. El primero fue Edgar, que llegó andando con una mochila de senderismo a la espalda, venía desde Vigo y lo había traído un amigo. Después Mónica llegó pidiendo a vocinazos que le abriesen la verja de la entrada para aparcar su Mercedes plateado y descargar un aparatoso juego de maletas que tuvieron que subier entre Edgar y Pedro, el amo de llaves. Al día siguiente llegó Borja con un todoterreno brillante como su pelo engominado, que fue al aparcamiento a hacer compañía al Mercedes plateado y a la vieja paquetera de Pedro. Y por último, por la noche llegaron Sandra y Adina, las dos se habían encontrado en Barajas antes de tomar juntas el vuelo hasta La Coruña. Sandra venía de Brest (Francia) y Adina de Berlín (Alemania) y un taxi las dejó en la puerta de La Hoja Seca. Noelia, la dueña, los había recibido a los cinco como si fuesen hijos y había mantenido en su rostro una sonrisa mientras los huéspedes iban llenando las cinco habitaciones del segundo piso cuyas ventanas daban a la piscina de la parte de atrás.
Una sola tarde fue suficiente para que todos se acostumbrasen al sonido del móvil de Mónica, lo llevaba colgando del cuello y le daba igual que estuviese hablando contigo que te dejaba para contestar al aparato con saludos en francés, Allo?, Oui?, Qui est?. Adina dejaba escapar una risilla insonora cada vez que el móvil de Mónica reclamaba las atenciones de su dueña.
Pero todos comprendieron al instante que Adina era así. Tomaba como coraza sus libros, libros en cuya lectura parecía no avanzar, y miraba por encima de ellos a todos los inquilinos. A Mónica le repateba tanto que empezó a coger el teléfono en dónde no estuviese ella. Edgar optó porque le daba igual que Adina le mirase de arriba abajo riéndose descaradamente de su aspecto desaliñado. Sandra se cansó de que le tocase la melena negra, larga hasta las caderas, y le dijese que se ofrecía a cortársela, y de que le hiciese una cola cuando la pillaba indavertida, y de que se quedase mirando con asco las plantas de sus pies ya que Sandra solía ir descalza a todos lados. Borja fue el que más tardó en darse cuenta de que la alemana era sencillamente inaguantable, él le seguía hablando de lo bien que se vivía en Tarifa y de las fiestas que se montaban él y sus amigos allí, su ingenuidad no le hacía percatarse de que se reía de él hasta que un día Adina le preguntó porqué se vestía así, él le dijo que El Niño y Billabong eran la moda y ella saltó con que ya no tenía edad para ponerse eso. Borja no supo que contestar, y no contestó, aceptó su derrota, pero ya no volvió a dirigirle la palabra.
Horrible, vivir allí era horrible, más que nada por Ella que siempre estaba al acecho.
Y todo esto había comenzado porque Paco, un familiar que todos tenían en común (para unos más lejano que para otros) se casaba en La Acoruña y Noelia se había mostrado encantada de acoger en su casa a algunos de los invitados y, al hacerlo, había montado ese circo en su morada del bosque.
A todos se les cruzó en algún momento por la mente, la idea de hacer perecer a esa horrible mujer que era Adina. Todos se sorprendieron a sí mismos trazando enrevesados planes y preparando mentiras que justificasen su yo no lo hice. Pero sólo uno de ellos lanzó la piedra através de la ventana de su habitación.

laura dijo
Tan buena como la primera parte. estoy deseando conocer la tercera!! un besito cielo!
Por cierto te he agragdo al msn
16 Agosto 2006 | 06:59 PM