Apagó el cigarro contra el cristal de la ventana y suspiró cansada. En su mirada se podía leer algo así como: "nunca aprenderás". Sentada en la silla de mimbre echó su cuerpo hacia delante y apoyó los codos en las rodillas. En ese momento el batería comenzaba a relajarse encerrado en el altavoz. "Hay dos cosas que a tu marido se le olvidó mencionarte antes de marcharse para siempre". Hizo una pausa para que la Niña recuperase el interés. Un tono condescendiente, de vez en cuando, podría ser la clave para mantener su corazón hundido en negro espectral. "Uno; las maletas que están en la puerta y que dices que olvidó llevarse se quedan ahí... para siempre. No contienen equipaje, son sólo una excusa para poder volver a verte. Y dos, no, no está muerto. Aunque creo que eso ya deberías saberlo por ti misma".
Sin decir nada más se volvió a recostar contra el respaldo, las rodillas arriba, contra el pecho, miró por la ventana y encendió otro cigarrillo.
En el salón de baile, un espacio dónde las pelusas, el polvo y las telas de araña lo habían devorado todo, la Niña se alzaba impasible en el centro con los ojos clavados en la figura encogida de la silla de mimbre. Los pies descalzos y el camisón blanco. Sus rodillas fallaron y se sentó sobre el mármol. "Estoy tan cansada de estar aquí, sorprendida por todos mis infantiles miedos..."
La otra dejó de mirar por la ventana y se volvió hacia la cabizbaja Niña. "A partir de ahora, utiliza sólo frases tuyas".
Ahí se terminó toda la condescendencia. Él, que estaba demasiado lejos para sentir nada, arrugó algún naipe de los que había sobre su mesa y siguió jugando.